En la década de los setenta, cuando las calles eran de tierra y los balones duraban más por el cariño que por la resistencia de sus costuras, un grupo de muchachos se reunía cada tarde para jugar al fútbol.
Allí estaban Antonio, Juan, Manolo, José, Francisco, Miguel y Rafael. No tenían botas nuevas ni camisetas con sus nombres. Las porterías se levantaban con dos piedras, las líneas del campo solo existían en su imaginación y, muchas veces, el balón era viejo y estaba remendado. Pero nada de aquello les impedía sentirse grandes.
Jugaban desde la humildad, con las rodillas raspadas, la ropa cubierta de polvo y una ilusión inmensa en el corazón. Cada pase era una promesa; cada gol, una pequeña victoria sobre las dificultades de la vida. Durante aquellas tardes podían convertirse en sus ídolos, disputar una final ante miles de espectadores imaginarios y levantar trofeos que solo ellos alcanzaban a ver.
Quizá algunos sueños se cumplieron y otros quedaron atrás, pero todos aprendieron algo importante: que la pobreza podía limitar muchas cosas, aunque nunca la capacidad de imaginar un futuro mejor. Mientras el balón rodaba, aquellos chicos eran libres, eran iguales y podían llegar tan lejos como les permitieran sus sueños.
Hoy, al recordar sus nombres, no solo recordamos a unos muchachos jugando al fútbol. Recordamos una época, una amistad y una manera sencilla de ser felices. Porque aquellos chicos de los años setenta, desde la humildad de un campo de tierra, demostraron que para soñar no hacían falta grandes riquezas: bastaban un balón, unos amigos y el deseo de seguir adelante.
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Cepcita Junior año 1973
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